Un poema
Cariátides
Parece que tu mirada se pierde en el mar azul,
me pregunto si alguna vez descansó sobre el malecón o en los que ahí estaban.
Pero eres tan sólo una y más figuras en un edificio cualquiera,
un rostro que se multiplica idéntico y estático.
Formado de piedra y de concha a ti el salitre no llegará, tú también vienes del mar.
¡Qué seriedad tan severa la tuya!
Tu mirada al mar.
Tu mirada perdida.
Tu seriedad respira soledad y recuerdos.
En tu cuerpo las conchas molidas y trituradas alguna vez tuvieron vida.
Tu rostro de figura humana llama a la antigua Atlántida, la Atlántida perdida,
y dejas de ser figura o estatua y eres cuerpo de mujer en palacio,
y con melancolía desearías bajar tu mirada al malecón que nunca alcanzas.
En aquel horizonte contemplas la reverberación del cielo sobre el mar.
¡Cuántos ojos se han alzado hacia ese azul del cielo en la Habana!
Llegar hasta ese límite de la isla, la eterna unión de mar y tierra.
Caminar en la ciudad entre estatuas vivientes, frías e indiferentes.
Rostros y figuras estáticas.
Hombres y mujeres reales. Niños y viejos reales. ¡Seres de carne y hueso!
Todos guardando un mismo compás y seriedad ante mí que soy de fuera.
Miles de ojos se alzan al cielo,
¡que sea al menos su mirada la que huya y se pierda en la nada!
Pero sigues ahí, en esa ciudad y en esa calle, sin conocer futuro alguno.
Parece que esa chispa de tu interior se apaga, que no tienes ni sangre ni alma.
Tu rostro frente al mío en silencio con la mirada lejana y perdida.
Y aquí y allá eres igual, tan sólo una multiplicación de tu figura en la calle.
Y al encontrarnos en el malecón vuelvo a contemplar tu triste mirada
elevada a un cielo infinito que para ti… no es ni esperanza ni es nada.
19 / II / 2005 La Habana

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